Pereruela el pueblo del barro refractario y sus hornos de leña

Agua, barro y fuego se funden en la noche de los tiempos dieron para dar origen a la alfarería de pereruela o «perigüelana», también conocida como loza zamorana, oficio que aún perdura en el tiempo llegando a nuestros días casi intacto, tal y como se concibió  hace miles de años.

El reconocido prestigio internacional, avalado por la presencia de diferentes muestras en las exposiciones universales de París y Viena ambas celebradas en el  siglo XIX de la mano del alfarero Lucas Porto Carnero, se debe a las excelentes cualidades para el fuego que tienen sus barros: bermejo o colorado y tierra blanca o caolín. La fama secular de la cerámica de Pereruela, identificado como el pueblo de los cacharros se le ha dado por sus cazuelas, crisoles y  hornos de barro.

El torno bajo lo forman varias piezas entre las que se destacan: la base, que es una piedra con una perforación, en ella se encaja el eje de rotación, de madera, al igual que el resto, sobre él una pieza circular de madera –la rueda propiamente dicha-  bajo la que hay una cruz, unida a la anterior mediante cuatro palos que sirven para dar impulso. Sobre la rueda se pone un poco de barro fresco para que quede pegada la pieza siguiente, llamada lusia. Esta tiene forma cuadrada o de disco y es sobre la que se trabaja para darle forma al barro.

Una vez finalizado el cacharro se deja secar para, proceder al esmaltado, que antes se hacía con alcor –sulfuro de plomo- pero actualmente lleva otras sustancias, ya que el plomo es un mineral perjudicial para la salud, y la mayoría de las piezas de Pereruela se emplean como útiles de menaje de cocina, por lo que tienen un contacto directo con los alimentos que se ingieren.

La cocción se realizaba por combustión de leña y había mucho de experiencia personal para lograr el punto de calor, mantenerlo y proceder a apagarlo llegado el momento. Se dejaba enfriar tras comprobar la cocción y ya se podía proceder a su venta.
Actualmente todos los artesanos utilizan hornos modernos de fuel o gas que permiten mayor control sobre la cocción sin tantos cuidados, tiempo y sobre todo riesgo.

En un principio la distribución se realizaba en la feria del pueblo a la que acudían gente de fuera con sus productos. Esta gente se llevaba luego cacharros, de vuelta a sus lugares de origen. Cuando la feria dejó de celebrarse, los perigüelanos tuvieron que dedicarse a la arriería, distribuyendo sus productos ellos mismos, labor que era propiamente masculina, pasando entonces la alfarería a ser tarea de mujeres.
A lo largo de la historia han salido de los alfares perigüelanos toda clase de piezas de uso doméstico, siendo la más conocida la cazuela redonda en diferentes tamaños; también las hay alargadas. Igualmente han salido materiales de construcción. Otras piezas que destacan, son la variada gama de crisoles, copelas y pequeños cuencos destinados a la orfebrería que se fabricaron hasta mediados del siglo XX. El crisol, documentado hace ya quinientos años, gozó de gran reputación nacional e internacional entre los joyeros. En el siglo XIX, compartieron prestigio con los crisoles, la loza común, las tejas…, en las exposiciones universales mencionadas, aparece la retorta; pieza destinada a la cocción de hierbas medicinales. Pero sin duda, la más espectacular es el horno de leña montado por sus dimensiones y acabado, al que le imprime su sello característico la bóveda.